Debo reconocer que posiblemente inspirado por agentes externos a mí, tuve un sueño que plasma lo que más deseo en esta vida. Casualmente creo oportuno plasmar dicho sueño este mismo día.
Creo recordar un
atardecer anaranjado, el reflejo de unas sombras en movimiento sobre un asfalto
oscuro pero brillante. Un sendero sin fin, una recta infinita con un paisaje
espectacular a banda y banda. Yo me deslizaba sobre aquel suelo, mis manos en
el volante y la mirada fija en el horizonte. Una mano me acarició el cabello y
recuerdo que torné la cabeza a la derecha. Estaba ella, mi eterno copiloto,
brillando tanto o más que el sol que bañaba nuestro viaje, deleitando mi vista
con una sonrisa marcada a fuego en mi mente.
Recuerdo el olor del
asfalto, el perfume de gasolina que dejábamos tras nosotros, como un rastro de
existencia máximo, un signo de identidad que poco a poco la goma de los
neumáticos iba gravando sobre el terreno. También tengo en mente el tacto del
volante, acariciándolo, formando parte del coche y creando un vínculo entre él,
ella, la carretera y yo.
Recuerdo la sensación de
adrenalina que se experimenta al acelerar hasta ver como desaparece el paisaje,
el sonido del motor haciendo de banda sonora al son de los pájaros que
escoltaban nuestro viaje. Siento el tacto de los pedales, la fuerza del cambio,
la velocidad de las agujas que marcan mi ritmo. Ver la vida a través del
parabrisas y las gafas de sol, vivirla, como dijo aquel gran amigo, “de medio quilómetro en medio quilómetro,
cuidando a aquellos que realmente importan… la familia”
