6 de març 2015

El jodido Facebook

Es de sobra conocido tanto por familiares como por amigos, que mi única incursión en el universo cervantino ha sido como ilustre letrista de dos de las mejores bandas de  Rock que hayan existido jamás sobre la faz de la tierra: la Chuck’s Rock Blues Band, y los Chuminos Florecidos; bandas de las cuales, tengo el orgullo de ser, además, el habilidoso batería.

Me atrevo a decir, sin embargo, que aunque el nexo común entre  mis letras  y este texto sea la profundidad y carga emocional que subyace en ambos; experimento aquí, la extraña sensación de la prosa escrita, huyendo al fin del encorsetado rigor del: verso-verso-estribillo-verso-estribillo/solo/verso-verso-estribillo/solo final, que tantos y tantos poetas del género musical sufrimos.

Quiero contaros una historia cierta real y veraz, es más, tan cierta real y veraz, que hasta podría ser verdad.

Llevo desde el año 1985 buscando a un pedazo de pivón que conocí en el instituto, 30 años después y gracias a la tecnología de las comunicaciones, y sobre todo a Facebook, conseguí localizarla; y cuál fue mi sorpresa al conseguir no solo verla, sino también hablar con el amor de mi adolescencia.

A mi amor, rubia en el pasado, de sedoso pelo y lindo cabello, la encontré por casualidad mientras estaba vagabundeando desconsolado entre las redes sociales, acordándome de su bella risa, su linda sonrisa; de su naricilla y de sus orejillas; de su cara rosada, siempre tan salada; de su turgente pecho siempre tan derecho y de su moreno vientre, siempre tan ardiente.

En fin, recordando a aquel primer fulgor que conocí, con el que crecí, al que siempre amé y al que nunca caté. Al localizarla, a través de Facebook, todos los músculos de mi cuerpo se pusieron en tensión, e incluso algunos músculos que anatómicamente estaban fuera de él también se pusieron en tensión.

Inmediatamente y sin más dilación, le envié una solicitud de amistad; grande fue mi alegría al ver que aceptaba dicha solicitud, pero mayor fue mi alborozo al ver que me enviaba por privado su número de móvil invitándome a llamarla.

By: Tom Morris
Astros celestiales, arco iris en el cielo, unicornios en el firmamento y mariposas en el estómago. De inmediato marqué su número con dedos temblorosos mientras observaba con obsesiva compulsión cada foto de su muro.

El corazón me iba a doble bombo, los ojos se me salían de las órbitas, la respiración se me entrecortaba, la sienes que las nieves del tiempo me platearon me explotaban y el sudor perlaba mi frente como un piélago de calamidades.

De repente descolgó y, la oí de  nuevo…

Y vaya si la oí, una sacudida eléctrica recorrió todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo, y algunos de los que estaban fuera de él también fueron sacudidos. Su otrora dulce voz de canto de sirena se había tornado una especie de quejido gutural, igual que cuando a una cabra le pillas las tetas con una puerta.

Inmediatamente me calcé mis gafas de cerca -que nunca llevo porque soy muy coqueto- aunque he de reconocer que con ellas puestas quedo interesantísimo (no dicho por mí, sino por miles y miles de fans). Me puse las gafas y escudriñé, esta vez sí, cada uno de los pictogramas que había plantado, no ya en su muro, sino en lo que a mi ahora se me antojaba la pared de una gorrinera.

¡Qué fea era, por Dios! Su sedoso pelo y lindo cabello había sido sustituido por una maraña de esparto en lo alto de un cabezón desmesurado. El único vestigio que quedaba de su bella risa y de su linda sonrisa era un agujero lleno de cochambre rodeado de una pelambrera tan negra y tan rizada que parecía el mostacho de una morsa.

Su naricilla parecía la fábrica nacional de velas, no se había sonado los mocos desde el  86 que es cuando le perdí la pista. Y sus orejillas, mejor no hablo de sus orejillas... Tenían telarañas hasta los zarcillos.

Su cara era un patatal recién labrado de arrugada que estaba la desgraciada. El turgente pecho del que era merecedora en su tiempo de los más ardientes piropos por parte de obreros, fontaneros, electricistas, profesores y peones camineros, he de reconocer que seguía mirando al frente, pero es porque estaban apoyados en la barriga que le salía de debajo de los sobacos al mal bicho. Yo creo, que si la desollaran habría pellejo para dos bolsos, tres zapatos y un bombo rociero.

¡Qué horror! ¡Qué turbación! Aquella Diosa del sexo, aquella Afrodita del amor que me llenaba de inspiración a mí, y a mi mano, tanto en las cálidas noches de verano como en las gélidas noches de invierno, había dejado de ser una Venus, para convertirse en una bicha fea, antipática y revenida, que se pasaba el día comienzo garbanzos con panceta, bebiendo vino y fumando Ducados.

Caí de hinojos contra el suelo con los ojos llenos de lágrimas, el corazón desgarrado y el alma hecha añicos y juré, por la gloria de Camarón, que jamás buscaría a nadie más. Quien quiera verme ya sabe dónde estoy, y si no lo sabe que no me busque y estaremos más tranquilos.

Ahora mismo me borro del Facebook, y si alguna de mis múltiples seguidoras arde en deseos de encontrarme, cosa comprensible, por otra parte, ya que no he perdido ni un ápice del sex appeal ni del glamour que me rodeaba como un aurea en los 80… Que se lo diga a Jorge Javier Vázquez, y ya decidiré yo si la madre naturaleza se ha ensañado descomunalmente con su cuerpo o bien si es merecedora de retozar un rato conmigo.


Texto basado en la canción “69 girl” de la CrBB, que a su vez está basado en un hecho cierto, real y veraz, es más, tan cierto, real y veraz que hasta podría ser verdad.

2 de març 2015

La mirada del odio

Temí la mirada de aquel niño. Si… niño. No le tuve miedo al fusil que sostenía, ni a las granadas explosivas que colgaban de su cinturón. No, me fijé en su mirada. Aquellos ojos brunos, profundos e intensos a la vez. No miraban a nadie ni a nada, pero lo decían todo con una intensidad y una fuerza propia de los fenómenos paranormales.

El hombre que tenía a su lado, este mayor, le golpeaba a la vez que le hacía pronunciar unas palabras de adoctrinamiento. Pese a los golpes, el niño seguía con aquella mirada, fija en el infinito, buscando un horizonte inexpugnable y lejos del alcance de cualquiera. Él no tenía miedo, un hombre le golpeaba y no tenía miedo. Creo que estaba orgulloso, que sentía la necesidad de aprender con cada golpe, con cada palabra que repetía, creo que sentía una necesidad muy poco adecuada para la edad que tenía, la necesidad de odiar.

¿Cómo puede un niño odiar? Los infantes quieren, piden cariño, se relacionan en busca de su felicidad y la sonrisa. ¿Por qué esa mirada proyectaba tanto odio? Tras horas de reflexión lo comprendí… Esa mirada, aquella  intensa y afilada mirada, proyectaba el mismo odio que sus ojos habían podido observar. Muerte, polvo, humo… Guerra… Es triste, me causa angustia pensar que por culpa de nuestros errores los niños crecerán de una manera diferente, pensando que un fusil es su herramienta de trabajo, pensando que cuantos más mate el mundo será mejor, pensando que los golpes son necesarios para aprender… Pensando que es mucho mejor causar temor con una mirada, que crear amor con una sonrisa

1 de març 2015

El poder de la autosugestion (II)

Se repitió al día siguiente su forma de actuación en la sala de espera, llamó sin previo aviso y entró.

-Pase por favor -dijo Jones ansioso

-¿Dispuesto? -preguntó James.

-Sí, prosiga -dijo Jones más ansioso todavía. 

-Bien, -continuó James- entonces empezó lo verdaderamente espantoso, al día siguiente de llegar a casa, rondaban las 12 del mediodía quise ir al cuarto de baño. Estaba en el piso de arriba, subiendo las escaleras internas y atravesando el largo pasillo de la planta superior,  a su derecha tenía todas las puertas de las habitaciones.

Cuando llegué al principio del pasillo mi intención era cruzar corriendo, intuyendo que detrás de las puertas había algo fantasmagórico que intentaría atraparme. No me dio tiempo a correr. Al final del pasillo se vio con claridad la figura de una persona, extremadamente alta, de facciones alargadas, de amplio y frondoso bigote que me llamaba para que acudiera. Quedé paralizado, me oriné encima. La ansiedad no me dejaba respirar, en ese infinito periodo de tiempo, pronunció dos palabras que fueron como una sentencia, “están aquí”. Por fin llegó un aliento de aire a mi pecho y conseguí soltar un desesperado y desgarrador grito.

Mi familia corrió pero al llegar no había nada, nadie. Igual que hay un ángel anunciador, él era el espíritu anunciador.

A partir de ese día, por las noches, infinitas sombras atraviesan mi habitación como coches la autopista y una permanente respiración se colocó entre mi armario y la mesita de noche que todavía no ha desaparecido.

Muchas veces, ataviado con más miedo que valor, aparto la mesita para ver de dónde proviene tal efecto. Pero, nada, no hay nada, la más absoluta nada.

En ocasiones en el reflejo de mí en el espejo aparecen imágenes, y, detrás, al girarme, sólo existe el vacío. Las pesadillas son permanentes, se suceden noche tras noche. El miedo a dormir y a que vuelvan no me deja conciliar el sueño mientras las sombras pasan y pasan. Esa interminable respiración me paraliza. No puedo dormir con la luz encendida y prefiero la más absoluta oscuridad, donde la falta de luz no me permita ver nada de lo que allí sucede, así, días y días, años.

-Pero… ¿Usted cree que las imágenes, las sombras son reales? ¿Qué cree que son? ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren? -dijo Jones angustiado

-Son espantosamente reales, pero, para saber qué son y qué quieren debería entrar nuevamente en el mundo en el que no debí entrar en mi infancia, no quiero, no puedo por favor. Por hoy es suficiente -sentenció James. 

-Bien, hasta mañana pues -dijo Jones.

Esa noche no deje de pensar, ¿Cómo podía ayudar? Estaba claro la autosugestión de lo que sufrió en su infancia podía haber desencadenado todo aquello pero, había sobrepasado el límite de la psicología para adentrarse en un problema psiquiátrico, ver y creer que existe todo aquello no podía repararse solo con un cambio de sugestión. Seguramente su cerebro estaba dañado. Era evidente que necesitaba más el apoyo de un psiquiatra que de un psicólogo.

Ya había derivado a varios de mis pacientes al doctor Hill, un eminente psiquiatra amigo de la infancia, confiaba en él, decidí que derivarlo a su consulta era lo que mi conciencia debía hacer, aunque la curiosidad por el caso llamaba potentemente mi atención.

Al día siguiente, cuando las manecillas del reloj de pared marcaban inexorablemente las 12 en punto, estaba nuevamente sentado en el hall de mi consulta. Entonces, le llamé con un gesto y le hice pasar antes de que él lo hiciera.

-Señor James, he estudiado el caso, creo, que le podrá ayudar más en su problema mi colega, el doctor Hill, es un gran psiquiatra. Le pondré en antecedentes y remitiré su historial para que se vaya poniendo al día de su caso antes de que usted acuda a su consulta -explicó James.

Buscó en el cajón, cogió la tarjeta del Dr. Hill y se la ofreció.

-Tenga, llame esta tarde y pida hora para su consulta.

James no se movió, no parpadeo solo fijó su mirada en Jones, esa mirada antaño perdida, se tornó en una mirada fija. Sus ojos apenas si cabían en las cuencas, el amarillento de sus ojos desapareció para tornarse rojo ensangrentado, casi diabólico. Sus ojos penetraron como agujas en su mente y su cara, su cara antaño totalmente triste, dibujaba una desencajada sonrisa maquiavélica. Una sonora carcajada inundó los oídos del doctor Jones.

Con una voz que ya no se correspondía a la débil voz con la que siempre había hablado con Jones, una voz que era un sonoro susurro.

-Veo que no lo has entendido. Como te dije, vine aquí para que te llevaras mi miedo, no para que lo trataras, ahora, el miedo es tuyo, las sombras son tuyas, te pertenecen, estarán contigo -dijo James sonriente.

Se levantó y se fue llevándose consigo una gran carcajada.

Cuando pronunció esas palabras se me hizo evidente, mi diagnostico era correcto, se trataba de un caso puramente psiquiátrico.

Por la noche cuando llegó la oscuridad, pude entender lo que me había dicho, no se trataba de una pesada broma fruto de su enferma imaginación, sino de una pesada sentencia. Experimente todo, absolutamente todo lo que me había descrito en la consulta, las sombras, las pesadillas, las insoportables respiraciones, los reflejos inexistentes en el espejo, absolutamente todo.

Los siguientes días, fue a peor, cada vez eran más los extraños espejismos que me paralizaban impidiéndome dormir noche tras noche.

Pero, ¿cómo un psicólogo como yo se había dejado sugestionar tanto por algo así? Debía terminar con aquello de una vez, no era posible tanto terror.

Sentado en mi despacho, cuando había pasado una semana desde la última aparición de James, me atemorizaba creer que cada noche todo se repetiría una y otra vez, pensé que debía enfrentarme a él para conseguir apartar de mi todo lo que me estaba atemorizando la última semana. Siempre dije que la única forma de vencer a tus miedos es enfrentarte a ellos y ahora James era mi peor pesadilla. 

Me levanté del despacho y me dirigí a María.

-María, por favor, ¿me podría conseguir la ficha y la dirección del Sr. James? Es el paciente que ha estado acudiendo a la consulta hace dos semanas, tenía hora a las 12. Necesito hablar con él -dijo Jones

-Pero Dr. Jones, a esa hora jamás ha habido nadie, siempre ha estado la consulta vacía, usted mismo hace ya  más de un mes dijo que no ocupara esa hora, la quería para usted -dijo Maria extrañada. 

Me quede totalmente petrificado, inmóvil.

-¿Esta usted bien doctor? Últimamente le veo muy desmejorado, su cara cada vez está más pálida y sus ojos parecen incluso amoratados -dijo Maria.

Fingí que todo había sido un malentendido y caminé hacia mi despacho cuando María me llamó nuevamente la atención.

-Doctor, por cierto, esta mañana me llamo el doctor Hill, está bastante preocupado dice que hace varias semanas que no acude a su consulta, le pide, por favor, que no olvide su visita de mañana -afirmó rotundamente la recepcionista. 

Un sudor frio recorrió desde mis pies atravesando mi espalda hasta mi cabeza, una pesada losa caía sobre ella, creí que me iba a desmayar, que perdería el conocimiento si no iba a refrescarme inmediatamente.

Corrí por desesperado por el pasillo ansioso por llegar al lavabo, al llegar, abrí el grifo e introduje la cabeza en el lavamanos, dejé que el agua la regara, el agua había llegado ya a mitad de mi espalda y la  tenía encharcada pero pese al frío permanecí bañando mi cabeza varios minutos hasta que recobré la fuerza para levantarme.

Me incorporé muy lentamente con el pelo completamente encharcado por el agua, con los ojos cerrados, con toda la lentitud posible los abrí, y el espejo que había frente mí me devolvió la imagen que nunca hubiera querido ver.


 “LA IMAGEN DE JAMES.

Texto de Jaime Juan Gil