13 d’abr. 2015

El asfalto, tú y yo


Debo reconocer que posiblemente inspirado por agentes externos a mí, tuve un sueño que plasma lo que más deseo en esta vida. Casualmente creo oportuno plasmar dicho sueño este mismo día.

Creo recordar un atardecer anaranjado, el reflejo de unas sombras en movimiento sobre un asfalto oscuro pero brillante. Un sendero sin fin, una recta infinita con un paisaje espectacular a banda y banda. Yo me deslizaba sobre aquel suelo, mis manos en el volante y la mirada fija en el horizonte. Una mano me acarició el cabello y recuerdo que torné la cabeza a la derecha. Estaba ella, mi eterno copiloto, brillando tanto o más que el sol que bañaba nuestro viaje, deleitando mi vista con una sonrisa marcada a fuego en mi mente.

 
Recuerdo el olor del asfalto, el perfume de gasolina que dejábamos tras nosotros, como un rastro de existencia máximo, un signo de identidad que poco a poco la goma de los neumáticos iba gravando sobre el terreno. También tengo en mente el tacto del volante, acariciándolo, formando parte del coche y creando un vínculo entre él, ella, la carretera y yo.

Recuerdo la sensación de adrenalina que se experimenta al acelerar hasta ver como desaparece el paisaje, el sonido del motor haciendo de banda sonora al son de los pájaros que escoltaban nuestro viaje. Siento el tacto de los pedales, la fuerza del cambio, la velocidad de las agujas que marcan mi ritmo. Ver la vida a través del parabrisas y las gafas de sol, vivirla, como dijo aquel gran amigo, “de medio quilómetro en medio quilómetro, cuidando a aquellos que realmente importan… la familia”

Recuerdo todos y cada uno de los detalles de aquel sueño, de aquella historia que está por vivir, de la carrera infinita que me queda por correr bajo el atardecer. Sin límite, sin final, a lo largo de aquella carretera que saciará mi eterno deseo de vivir la sensación de libertad con quien considero mi parte más esencial, la sensación de sentir que puedo despegar a una gran velocidad a bordo de mi más fiel compañero sin que importe nada más que el color del sol que nos arropa y el paisaje que nos acompaña.

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