27 de febr. 2015

El poder de la autosugestión

Me llamo Jones, soy psicólogo.

Mi oficio permite adentrarse, tratar de conocer, comprender las fobias, filias y miedos de mis pacientes, lo más importante tratarlas o mitigarlas. Hace dos semanas, en la sala de espera de la consulta, descubrí un nuevo paciente. Eran las 12 en punto y aunque no había nadie más en la consulta, me llamó especialmente la atención por su forma cabizbaja de sentarse, su delgadez extrema, sus ojos hundidos en una aureola lila que  resaltaban si cabe más el pálido color amarillento de su cara, de su mirada, completamente perdida, extraviada y terriblemente profunda.

A los pocos minutos llamó a la puerta y pasó, curiosamente sin que María, mi recepcionista, me avisara de ello.

-Pase por favor y siéntese. –dijo Jones.

De forma tranquila, cabizbajo, con la mirada perdida atravesó la parte de la sala que llega hasta la cómoda butaca que acoge a los pacientes, recorrió con la mirada minuciosamente los cuadros y aderezos de la estancia, hasta llegar a la butaca donde, agarrándose fuertemente con ambas manos a los laterales, se sentó no sin cierta dificultad.

-Bien, dígame que le trae a mi consulta, señor… -Dijo Jones

Nuevamente muy, muy pausadamente inclinando su débil cuerpo hacia adelante y alargando la mano estrechó la mía sin excesivo ímpetu y pronunció su nombre.

-Mi nombre es James y estoy aquí para que calme mi miedo, para que se lo lleve.

-Explíquese,  miedo ¿a qué? ¿de qué?, dígame, ¿cómo empezó todo? –Exclamó el doctor.

-¿Cómo explicar lo inexplicable? –dijo James- ¿Cómo justificar nuestros miedos? ¿Cómo atenuarlos?

No sé muy bien cómo empezó todo, o quizá sí. Quizá influyó haber nacido en una casa vieja, muy vieja, donde las grandes y bajas vigas de madera ensombrecían la tenue luz de la pequeña bombilla que pendía de un hilo en cada estancia.

De pequeños ventanucos que apenas dejaban pasar un poco de luz que se perdía en los largos y angostos pasillos. Flanqueados de anchas y deformes paredes cuyo único aderezo eran las manos y manos de cal que lo llevaban al desconche, formando extrañas figuras que se transformaban en sombras en la caprichosa imaginación de un niño.

Quizá todo tenga su origen en la fatalidad de una familia a la que le llegaron demasiadas enfermedades, a la ténebre y afilada muerte cuyos devastadores efectos llegan demasiado pronto a mi vida.

Ese momento, lo vivía entre sollozos de tristeza, pero sin miedo, aunque, todavía retumba en mi memoria las hirientes voces, los extravagantes llantos, los espeluznantes suspiros en los largos velatorios, donde orondas ancianas de prominentes arrugas y largo, muy  largo, tanto como ancho vestido negro manifestaban  su desolada pérdida en un ambiente de extrema penumbra, aderezada por la pálida luz de una vela que apenas alumbraba a un rígido y desfigurado cuerpo ya sin vida.

¿Cómo litigar contra la enfermedad, la pobreza y la muerte? ¿Cuántas y en qué formas debe presentarse el infortunio en la vida para empezar a litigar contra la superstición?

Cuando todo son sombras doctor, se escogen extraños métodos de salvación, se elige algún culpable intangible, algún... ¿inexistente? enemigo, algo a que aferrarse en un medio de desesperación. Entonces, aparecen extraños aliados con diferentes y disparatadas teorías, con maquiavélicas formas de eliminar tales infortunios.

Un profundo y largo muy largo silencio se adueñó de toda la sala que no pude por menos que romper.

-Cuénteme pues. ¿A qué extraños aliados, a qué teorías se refiere? –preguntó el doctor.

-Por hoy es suficiente. –sentenció James cansado.

-Pero, pero… Todavía el tiempo no ha hecho más que empezar. –contestó Jones extrañado.

Sin mediar más palabra se levantó y se fue.

Al día siguiente, a la misma hora, de nuevo me crucé con él, sentado en la vacía sala de espera, pero su mirada, no era igual, no estaba perdida, se clavó fijamente en mis ojos siguiendo mis pasos hasta que entré en la consulta.

Sentado detrás de mi mesa, y después de golpear levemente la puerta, le di permiso para entrar y sentarse.

-Y bien Sr. James, -dijo Jones- ¿Está preparado para seguir donde lo dejamos?

-¿Está usted preparado para seguir escuchando? –contestó James misterioso.

No contesté.

-Recuerdo, -prosiguió James- los primeros santones. Entraban cargados de su aureola mística, revolviendo la intimidad de mi casa. Decían que existían ciertas “fuerzas” que eliminar. Apenas contaba con 10 años.

Llegaron con una extraña caja, donde al abrir unos portones, tras de unos cristales ya ennegrecidos por el tiempo aparecía la imagen de una virgen. La dejaron en el portal, al umbral de la puerta de entrada, apagaron todas las luces y la iluminaron con una vela en los pies.

Dos ancianas encendían en la penumbra de la vela ramas de tomillo que generaban una semiapagada antorcha de, entre llamas y chispas, que generaba un asfixiante humo, mientras proferían rezos extraños que no acertaba a comprender.

Pasearon por toda la estancia, especialmente detrás de todas las puertas, ese manto de fuego y humo. Colocaron bajo los colchones tijeras abiertas, pusieron alrededor de nuestros cuellos unos collares con sáculos que contenían cabezas secas de serpiente. Luego, nos colocaban a todos alrededor de la imagen y rezábamos, nos hacían rezar durante horas. La dantesca imagen se sucedió durante más de un mes sin los resultados que debían esperar.      

Según su teoría, no era suficiente con esos actos y nos emplazaron a que fuéramos a ver al Padre Román, ya que lo que se habían encontrado allí se escapaba de sus conocimientos.

En dos días emprendimos un viaje con los siniestros personajes, en un cochambroso vehículo con un molesto olor a rancio, la carretera llena de curvas acrecentaba mi malestar produciéndome unos insoportables vómitos. El coche se detuvo al principio de un camino de piedras escoltado por un frondoso bosque que no permitía ver más allá de dos o tres metros.

Caminamos un camino que se me antojó eterno hasta llegar a una tétrica cabaña. Pregunté, ¿por qué debo ir yo?, la tajante contestación fue: es necesario.

Al cruzar el umbral de la puerta, se adivinaba la figura de un personaje cuyo rostro no pude apreciar, pues detrás de él había una cegadora luz que nos enfocaba impidiendo ver su rostro, haciéndolo más intrigante si cabe.

Las paredes de la cabaña estaban guarnecidas con toda serie de santos con la cara martirizada por sufrimiento infringido a la hora de su muerte que hacían la estancia aterrorizante. Cuando pasamos, aquel individuo profirió una serie de alaridos y convulsiones gritando: “Está ahí, está ahí… Fuera, fuera…” Esos gritos se agarraron en mi mente como un clavo a una madera, punzándola fuertemente.

No recuerdo más, perdí el conocimiento caí desmayado al instante, dos días después desperté en un hospital.

Nuevamente, se hace el silencio.

-Prosiga. –dijo el doctor, a lo que contestó:

-Por hoy es suficiente.

Y de la misma forma, se volvió a marchar.


La curiosidad empezaba a inquietarme, todavía no sabía aunque intuía de dónde podían llegar esos miedos, estaba ansioso por que prosiguiera con su relato, era un reto poder ayudar a tan atormentada persona.

CONTINUARÁ...


Texto de Jaime Juan Gil

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