Me llamo Jones, soy psicólogo.
Mi oficio permite adentrarse,
tratar de conocer, comprender las fobias, filias y miedos de mis pacientes, lo más
importante tratarlas o mitigarlas. Hace dos semanas, en la sala de espera de la
consulta, descubrí un nuevo paciente. Eran las 12 en punto y aunque no había
nadie más en la consulta, me llamó especialmente la atención por su forma
cabizbaja de sentarse, su delgadez extrema, sus ojos hundidos en una aureola
lila que resaltaban si cabe más el pálido
color amarillento de su cara, de su mirada, completamente perdida, extraviada y
terriblemente profunda.
A los pocos minutos llamó
a la puerta y pasó, curiosamente sin que María, mi recepcionista, me avisara de
ello.
-Pase por favor y
siéntese. –dijo Jones.
De forma tranquila, cabizbajo,
con la mirada perdida atravesó la parte de la sala que llega hasta la cómoda
butaca que acoge a los pacientes, recorrió con la mirada minuciosamente los
cuadros y aderezos de la estancia, hasta llegar a la butaca donde, agarrándose
fuertemente con ambas manos a los laterales, se sentó no sin cierta dificultad.
-Bien, dígame que le
trae a mi consulta, señor… -Dijo Jones
Nuevamente muy, muy
pausadamente inclinando su débil cuerpo hacia adelante y alargando la mano estrechó
la mía sin excesivo ímpetu y pronunció su nombre.
-Mi nombre es James y
estoy aquí para que calme mi miedo, para que se lo lleve.
-Explíquese, miedo ¿a qué? ¿de qué?, dígame, ¿cómo empezó
todo? –Exclamó el doctor.
-¿Cómo explicar lo
inexplicable? –dijo James- ¿Cómo justificar nuestros miedos? ¿Cómo atenuarlos?
No sé muy bien cómo
empezó todo, o quizá sí. Quizá influyó haber nacido en una casa vieja, muy
vieja, donde las grandes y bajas vigas de madera ensombrecían la tenue luz de
la pequeña bombilla que pendía de un hilo en cada estancia.
De pequeños ventanucos que
apenas dejaban pasar un poco de luz que se perdía en los largos y angostos
pasillos. Flanqueados de anchas y deformes paredes cuyo único aderezo eran las
manos y manos de cal que lo llevaban al desconche, formando extrañas figuras que
se transformaban en sombras en la caprichosa imaginación de un niño.
Quizá todo tenga su
origen en la fatalidad de una familia a la que le llegaron demasiadas
enfermedades, a la ténebre y afilada muerte cuyos devastadores efectos llegan
demasiado pronto a mi vida.
Ese momento, lo vivía
entre sollozos de tristeza, pero sin miedo, aunque, todavía retumba en mi
memoria las hirientes voces, los extravagantes llantos, los espeluznantes
suspiros en los largos velatorios, donde orondas ancianas de prominentes arrugas
y largo, muy largo, tanto como ancho
vestido negro manifestaban su desolada
pérdida en un ambiente de extrema penumbra, aderezada por la pálida luz de una
vela que apenas alumbraba a un rígido y desfigurado cuerpo ya sin vida.
¿Cómo litigar contra la
enfermedad, la pobreza y la muerte? ¿Cuántas y en qué formas debe presentarse
el infortunio en la vida para empezar a litigar contra la superstición?
Cuando todo son sombras
doctor, se escogen extraños métodos de salvación, se elige algún culpable
intangible, algún... ¿inexistente? enemigo, algo a que aferrarse en un medio de desesperación.
Entonces, aparecen extraños aliados con diferentes y disparatadas teorías, con maquiavélicas formas de eliminar tales
infortunios.
Un profundo y largo muy
largo silencio se adueñó de toda la sala que no pude por menos que romper.
-Pero, pero… Todavía el
tiempo no ha hecho más que empezar. –contestó Jones extrañado.
Sin mediar más palabra
se levantó y se fue.
Al día siguiente, a la
misma hora, de nuevo me crucé con él, sentado en la vacía sala de espera, pero
su mirada, no era igual, no estaba perdida, se clavó fijamente en mis ojos siguiendo
mis pasos hasta que entré en la consulta.
Sentado detrás de mi
mesa, y después de golpear levemente la puerta, le di permiso para entrar y
sentarse.
-Y bien Sr. James, -dijo
Jones- ¿Está preparado para seguir donde lo dejamos?
-¿Está usted preparado
para seguir escuchando? –contestó James misterioso.
No contesté.
Llegaron con una
extraña caja, donde al abrir unos portones, tras de unos cristales ya
ennegrecidos por el tiempo aparecía la imagen de una virgen. La dejaron en el
portal, al umbral de la puerta de entrada, apagaron todas las luces y la
iluminaron con una vela en los pies.
Dos ancianas encendían en
la penumbra de la vela ramas de tomillo que generaban una semiapagada antorcha
de, entre llamas y chispas, que generaba un asfixiante humo, mientras proferían
rezos extraños que no acertaba a comprender.
Según su teoría, no era
suficiente con esos actos y nos emplazaron a que fuéramos a ver al Padre Román,
ya que lo que se habían encontrado allí se escapaba de sus conocimientos.
Caminamos un camino que
se me antojó eterno hasta llegar a una tétrica cabaña. Pregunté, ¿por qué debo
ir yo?, la tajante contestación fue: es necesario.
Al cruzar el umbral de
la puerta, se adivinaba la figura de un personaje cuyo rostro no pude apreciar,
pues detrás de él había una cegadora luz que nos enfocaba impidiendo ver su
rostro, haciéndolo más intrigante si cabe.
Las paredes de la
cabaña estaban guarnecidas con toda serie de santos con la cara martirizada por
sufrimiento infringido a la hora de su muerte que hacían la estancia
aterrorizante. Cuando pasamos, aquel individuo profirió una serie de alaridos y
convulsiones gritando: “Está ahí, está
ahí… Fuera, fuera…” Esos gritos se agarraron en mi mente como un clavo a
una madera, punzándola fuertemente.
No recuerdo más, perdí
el conocimiento caí desmayado al instante, dos días después desperté en un
hospital.
Nuevamente, se hace el
silencio.
-Prosiga. –dijo el
doctor, a lo que contestó:
-Por hoy es suficiente.
Y de la misma forma, se
volvió a marchar.
La curiosidad empezaba
a inquietarme, todavía no sabía aunque intuía de dónde podían llegar esos
miedos, estaba ansioso por que prosiguiera con su relato, era un reto poder
ayudar a tan atormentada persona.

Que buena Jaime! Novelazo!!
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