Todos
tomamos decisiones. Nuestra vida está formada por todo lo que aceptamos que
formará parte de ella, pero también por aquello que en su día rechazamos. ¿Pero
en qué pensamos antes de tomar una decisión? El ser humano es egoísta por
naturaleza y siempre pensará en su beneficio personal. Además nuestra raza peca
de creerse superior y no solo ante el resto de especies sino superior dentro de
nosotros mismos. Entonces es cuando desenterramos lo más profundo de nuestro
linaje y sacamos a pasear el ególatra que llevamos dentro.
Quizás
el instinto toma las riendas y se precipita al abismo. Queremos tomar
decisiones rápido y, además, certeras. Queremos soluciones que nos quiten el
peso que llevamos arrastrando durante años y que no hemos sido capaces de
desanclar de nuestra espalda. ¿Por qué no pedir ayuda? ¿Tanto cuesta? O ni tan
solo eso, basta con pedir opinión. En nuestros círculos siempre encontraremos
personas que habrán arrastrado ese peso e incluso personas que habrán sabido
deshacer la cuerda y seguir navegando. ¿Por qué? Puede que construir nuestra
opinión a partir de la experiencia de otros no sea tan difícil... Suelen decir
que hasta que no te tropiezas con la piedra no aprendes a caer. También dicen
que el ser humano es la única especie que tropieza dos veces con la misma
piedra. ¿Acaso una actitud no puede ser obrada a base de la experiencia de los
demás?
Dicho
esto, cuando estéis en un momento de disyuntiva acordaos de esta reflexión. Pensad
que hay muchas personas que pueden ayudaros, pensad que después de todo, una
decisión puede marcaros la vida. Pensad en los demás y en el daño que podéis hacer.
Construid opiniones a partir de la experiencia de los demás. Puede ser una
buena decisión.
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