Es de sobra conocido tanto por familiares como por
amigos, que mi única incursión en el universo cervantino ha sido como ilustre
letrista de dos de las mejores bandas de
Rock que hayan existido jamás sobre la faz de la tierra: la Chuck’s Rock
Blues Band, y los Chuminos Florecidos; bandas de las cuales, tengo el orgullo
de ser, además, el habilidoso batería.
Me atrevo a decir, sin embargo, que aunque el nexo común
entre mis letras y este texto sea la profundidad y carga
emocional que subyace en ambos; experimento aquí, la extraña sensación de la
prosa escrita, huyendo al fin del encorsetado rigor del:
verso-verso-estribillo-verso-estribillo/solo/verso-verso-estribillo/solo final,
que tantos y tantos poetas del género musical sufrimos.
Quiero contaros una historia cierta real y veraz, es más,
tan cierta real y veraz, que hasta podría ser verdad.
Llevo desde el año 1985 buscando a un pedazo de pivón que
conocí en el instituto, 30 años después y gracias a la tecnología de las
comunicaciones, y sobre todo a Facebook, conseguí localizarla; y cuál fue mi
sorpresa al conseguir no solo verla, sino también hablar con el amor de mi adolescencia.
A mi amor, rubia en el pasado, de sedoso pelo y lindo cabello,
la encontré por casualidad mientras estaba vagabundeando desconsolado entre las
redes sociales, acordándome de su bella
risa, su linda sonrisa; de su naricilla y de sus orejillas; de su cara rosada,
siempre tan salada; de su turgente pecho siempre tan derecho y de su moreno
vientre, siempre tan ardiente.
En fin, recordando a aquel primer fulgor que conocí, con
el que crecí, al que siempre amé y al que nunca caté. Al localizarla, a través
de Facebook, todos los músculos de mi cuerpo se pusieron en tensión, e incluso
algunos músculos que anatómicamente estaban fuera de él también se pusieron en tensión.
Inmediatamente y sin más dilación, le envié una solicitud
de amistad; grande fue mi alegría al ver que aceptaba dicha solicitud, pero
mayor fue mi alborozo al ver que me enviaba por privado su número de móvil invitándome
a llamarla.
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| By: Tom Morris |
Astros celestiales, arco iris en el cielo, unicornios en
el firmamento y mariposas en el estómago. De inmediato marqué su número con
dedos temblorosos mientras observaba con
obsesiva compulsión cada foto de su muro.
El corazón me iba a doble bombo, los ojos se me salían de
las órbitas, la respiración se me entrecortaba, la sienes que las nieves del
tiempo me platearon me explotaban y el sudor perlaba mi frente como un piélago
de calamidades.
De repente descolgó y, la oí de nuevo…
Y vaya si la oí, una sacudida eléctrica recorrió todos y
cada uno de los músculos de mi cuerpo, y algunos de los que estaban fuera de él
también fueron sacudidos. Su otrora dulce voz de canto de sirena se había
tornado una especie de quejido gutural, igual que cuando a una cabra le pillas
las tetas con una puerta.
Inmediatamente me calcé mis gafas de cerca -que nunca
llevo porque soy muy coqueto- aunque he de reconocer que con ellas puestas
quedo interesantísimo (no dicho por mí, sino por miles y miles de fans). Me
puse las gafas y escudriñé, esta vez sí, cada uno de los pictogramas que había
plantado, no ya en su muro, sino en lo que a mi ahora se me antojaba la pared
de una gorrinera.
¡Qué fea era, por Dios! Su sedoso pelo y lindo cabello había
sido sustituido por una maraña de esparto en lo alto de un cabezón desmesurado.
El único vestigio que quedaba de su bella risa y de su linda sonrisa era un agujero
lleno de cochambre rodeado de una pelambrera tan negra y tan rizada que parecía
el mostacho de una morsa.
Su naricilla parecía la fábrica nacional de velas, no se había
sonado los mocos desde el 86 que es
cuando le perdí la pista. Y sus orejillas, mejor no hablo de sus orejillas... Tenían
telarañas hasta los zarcillos.
Su cara era un patatal recién labrado de arrugada que
estaba la desgraciada. El turgente pecho del que era merecedora en su tiempo de
los más ardientes piropos por parte de obreros, fontaneros, electricistas, profesores
y peones camineros, he de reconocer que seguía mirando al frente, pero es
porque estaban apoyados en la barriga que le salía de debajo de los sobacos al
mal bicho. Yo creo, que si la desollaran habría pellejo para dos bolsos, tres
zapatos y un bombo rociero.
¡Qué horror! ¡Qué turbación! Aquella Diosa del sexo,
aquella Afrodita del amor que me llenaba de inspiración a mí, y a mi mano,
tanto en las cálidas noches de verano como en las gélidas noches de invierno, había
dejado de ser una Venus, para convertirse en una bicha fea, antipática y revenida,
que se pasaba el día comienzo garbanzos con panceta, bebiendo vino y fumando Ducados.
Caí de hinojos contra el suelo con los ojos llenos de lágrimas,
el corazón desgarrado y el alma hecha añicos y juré, por la gloria de Camarón,
que jamás buscaría a nadie más. Quien quiera verme ya sabe dónde estoy, y si no
lo sabe que no me busque y estaremos más tranquilos.
Ahora mismo me borro del Facebook, y si alguna de mis
múltiples seguidoras arde en deseos de encontrarme, cosa comprensible, por otra
parte, ya que no he perdido ni un ápice del sex appeal ni del glamour que me rodeaba
como un aurea en los 80… Que se lo diga a Jorge Javier Vázquez, y ya decidiré
yo si la madre naturaleza se ha ensañado descomunalmente con su cuerpo o bien
si es merecedora de retozar un rato conmigo.
Texto basado en la canción “69 girl” de la CrBB, que a su
vez está basado en un hecho cierto, real y veraz, es más, tan cierto, real y
veraz que hasta podría ser verdad.
Texto de Tomeu Juan Gil

Jajjaja, que bueno!!
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