Caminé. Caminé
incesante, con la mirada al frente y los labios cerrados. Soportando el frío,
el viento, y un cansancio que agarrotaba mis rodillas hasta querer hincarlas y
suplicar el final del sendero. A lo lejos pude ver una luz, un golpe
luminiscente rojizo. Me gustaba verlo, deseaba tocarlo, fuese lo que fuese.
Pero a medida que me acercaba, aquella luz se alejaba, sin desaparecer, se
mantenía al frente de mi mirada cual cebo en el anzuelo.
Anduve tanto rato que
no soy capaz de precisar el tiempo que llevaba caminando. Las calles se
convirtieron en prados, los prados en arena, la arena en polvo, pero la luz
seguía allí. Mis ojos lloraron desesperados, mis piernas no andaban porqué yo
quería, iban solas, seguían un patrón imparable. Mi corazón… no sé decir si
latía o no. Se venía abajo mi mundo, pero la única e incesante necesidad que
sentía en mi interior era llegar a aquella luz.
No obstante, la
brillantez rojiza iba disminuyendo, se alejaba cada vez más y más. No comprendí
lo que sucedía hasta que lo vi… Un hombre, a mi lado, comenzó a correr. La
mirada no se parecía en nada a la mía, era penetrante y decidida, no andaba
para llegar algún día, corría para llegar al momento. Entonces pude como aquel
hombre, con esfuerzo y sacrificio, se acercó a la luz y la atravesó,
perdiéndose en el más allá del éxito.
Tras todo aquel tiempo
caminando perdí muchas cosas, entre ellas una pizca de esperanza, pero el
orgullo seguía intacto, por lo que comencé a aumentar el ritmo. Sudé, las
piernas me dolían, la mente ya no procesaba claramente mis pensamientos, sentí
la necesidad extrema de rendirme… pero no lo hice. Corrí dando una pequeña
parte de mi esfuerzo, dejando atrás la monotonía de “algún día llegaré” sin
esforzarme, y acercándome cada vez más a una luz que brillaba más que nunca.
Aquella luz me quería abrazar, incluso parecía que ya se acercaba. Estiré la
mano para tocarla, para sentir su energía.
Pero caí. Desgarré mi
piel contra la tierra, estampando mi rostro contra una montaña de polvo y nada,
viendo con mis ojos llorosos como la luz se alejaba a gran velocidad hasta ser
casi invisible. Me quedé quieto, estirado, respirando arena y notando como mi
piel había sido mancillada por el suelo que tanto tiempo había pisado. Seguí
observando la luz desde el suelo, cada vez más lejana y tenue…
Pensé en aquel hombre…
recordé algo que me dio esperanza. Sus piernas estaban repletas de cicatrices.
Sus codos, sus manos, sus rodillas, sangrientas… Los pies llenos de quemaduras
y heridas. Pero su orgullo, su mirada… intactos. Pudo caer muchas veces, pero
sabía que quería llegar a la luz… Yo solo había caído una vez, no podía dejar
que aquel deseo rojizo se perdiera en el infinito. Coloqué mis nudillos heridos
sobre el suelo y empujé mi cuerpo hacia arriba con fuerza hasta ponerme en pie.
Espolvoreé mi cuerpo un par de veces, y pude notar como mi manera de ver las
cosas cambiaba. Había caído, pero mi orgullo seguía de pie, con la suficiente
solidez y decisión como para ordenar a mis piernas que arrancaran a correr.

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