Temí la mirada de aquel
niño. Si… niño. No le tuve miedo al fusil que sostenía, ni a las granadas
explosivas que colgaban de su cinturón. No, me fijé en su mirada. Aquellos ojos
brunos, profundos e intensos a la vez. No miraban a nadie ni a nada, pero lo decían
todo con una intensidad y una fuerza propia de los fenómenos paranormales.
El hombre que tenía a
su lado, este mayor, le golpeaba a la vez que le hacía pronunciar unas palabras
de adoctrinamiento. Pese a los golpes, el niño seguía con aquella mirada, fija
en el infinito, buscando un horizonte inexpugnable y lejos del alcance de
cualquiera. Él no tenía miedo, un hombre le golpeaba y no tenía miedo. Creo que
estaba orgulloso, que sentía la necesidad de aprender con cada golpe, con cada
palabra que repetía, creo que sentía una necesidad muy poco adecuada para la
edad que tenía, la necesidad de odiar.
¿Cómo puede un niño
odiar? Los infantes quieren, piden cariño, se relacionan en busca de su
felicidad y la sonrisa. ¿Por qué esa mirada proyectaba tanto odio? Tras horas
de reflexión lo comprendí… Esa mirada, aquella
intensa y afilada mirada, proyectaba el mismo odio que sus ojos habían
podido observar. Muerte, polvo, humo… Guerra… Es triste, me causa angustia
pensar que por culpa de nuestros errores los niños crecerán de una manera
diferente, pensando que un fusil es su herramienta de trabajo, pensando que
cuantos más mate el mundo será mejor, pensando que los golpes son necesarios
para aprender… Pensando que es mucho mejor causar temor con una mirada, que crear
amor con una sonrisa.
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