Lo que empezó siendo
una relación adolescente terminó en una dictadura que bloqueaba todas mis
armas. Los celos desembocaron en prohibiciones. Lo que parecía amor terminó
siendo pura posesión. Él controlaba todos mis actos, medía cada una de mis
palabras. Llegué a sentir la necesidad de su aprobación para poder salir de
casa. Yo le necesitaba, le quería, pero sentía miedo de lo que pensara sobre mí.
Supo manejarme sin que me diera cuenta, supo poner en riesgo todo lo que amaba.
Sus palabras de desprecio me hundían a diario.
Pero un golpe me ha
hecho abrir los ojos y tomar esta decisión. Y no, no me estoy refiriendo a un
golpe cualquiera, hablo de un golpe en su forma literal. Me miro al espejo y
siento asco, me repugna mi propia imagen, odio en lo que me ha convertido. Una lágrima
recorre mi rostro dolorido. Siento que ni él ni nadie puede ser mi dueño. Quiero
dejar de ser su marioneta de una vez por todas. Ira y orgullo me invaden, me
dan fuerza para salir ahí fuera y acabar con todo esto. Sin embargo, un latido débil
de mi corazón me hace pensar que quizás no vuelva a amar como lo he hecho, me
hace compadecerme y pensar que habrá sido un fallo. Me hace pensar que él me
quiere, que puede cambiar.
Pero ningún amante
sería capaz hacer daño a su alma gemela. No se puede considerar hombre aquel
que toca a una mujer. Por eso, he tomado una decisión. Mi vida va a cambiar.
Pero su voz diciéndome “así vestida no sales de casa” o “tan maquillada pareces
una puta” todavía retumba en mi cabeza.
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