“Míralo, por ahí aparece el renacuajo. Maldito
empollón. ¿Por qué tuvo que dejarme mal delante de la profesora la semana
pasada? ¡Anda! Si lleva un teléfono nuevo… Voy a acercarme a ver que me cuenta.”
-¿Qué pasa, renacuajo? ¿Y ese móvil? –dijo Will
-Me lo han regalado mis padres por las notas que he
sacado… -contestó Edward cabizbajo.
“Ni me mira a la cara… Tiene miedo el payaso. Es tan
débil, tan vulnerable, cualquier cosa podría destrozarlo. Voy a reírme un poco
más…”
-Si… -contestó de nuevo Edward bastante preocupado.
-Dile a tus padres que te compren otro, que lo has
perdido. Así todos salimos ganando. Tú otro móvil nuevo, y yo con el tuyo. –Will
sonrió prepotentemente. La cara de Edward pasó automáticamente a un rostro
miedoso, pero a la vez la rabia le concomía por dentro.
-¡No! –gritó el muchacho mientras intentaba
recuperar su teléfono.
“Maldito renacuajo, se me está resistiendo esta vez.
Me sigue tocando con sus manos asquerosas de empollón… Está llamando demasiado
la atención, por aquí pueden pasar profesores. Mejor lo engancho después de
clase y le doy una buena lección. Así sabrá cómo debe comportarse.”
-Toma… Te lo devuelvo para que dejes de llorar,
¡nenaza! –le dijo Will mientras Edward recogía su teléfono del suelo y se iba
corriendo pasillo arriba entre llantos.
[…]
“Por fin se acabó la clase, voy a por el niñato ese.
Le diré a Tor y Wender si quieren venir conmigo.”
-¡Chavales! ¿Queréis venir a decirle un par de cosas
a Edward? El renacuajo se ha pasado de la raya esta vez, ha intentado plantarme
cara y evitar que me llevara su teléfono. –dijo Will mientras se acercaba a sus
dos compañeros.
-¡Claro tío! ¡Se va a enterar! –contestó Wender.
-¡Vamos a enseñarle lo que es bueno! –dijo Tor.
“Bien, ¿dónde se habrá metido? ¡Allí está! Le
seguiremos hasta que se quede solo y lo llevaremos al “Hueco”… Parece que nadie
le sigue, ahora es el momento.”
-¡Nenaza! –gritó Will causando que Edward se quedara
inmóvil, petrificado, sin decir nada pero temblando de temor.
-¿Se te ha comido la lengua el gato? –preguntó Tor.
-No… -contestó Edward.
[…]
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-Bien, Edward… Esto es “El Hueco”. Es nuestro lugar
de esparcimiento. Encontramos este sitio un día, estaba abandonado, y trajimos
cosas que nos pueden ser útiles cuando nos aburrimos. Tenemos la videoconsola,
la televisión, el equipo de música… También el lavabo, una cocina pequeña, una
nevera llena de chucherías, y una máquina expendedora de refrescos. Es el lugar
perfecto. –explicó Will.
-Eso parece… -dijo Edward aún más asustado.
-Pero tenemos algo para ti, siéntate en la silla que
te lo vamos a enseñar… -dijo Tor.
“Ya está sentado… ¿Qué cojo? ¿El cable eléctrico?
¿La cuchilla de afeitar? ¿Las tenazas? Oh… ya sé… la plantita es una buena
idea…”
-Mira. –dijo Will mientras abría un armario y sacaba
de él una planta conocida por la mayoría de la gente. –Esto son ortigas. Las
recogimos del bosque que hay detrás del instituto y las tenemos aquí guardadas.
Eres un tío inteligente, así que supongo que sabrás la reacción que provocan
las ortigas…
-¡No! –Edward intentó levantarse de la silla, pero
los otros dos chavales lo cogieron bien fuerte para que no se escapara. A la
vez, Will acercó las ortigas a la cara del muchacho y se las frotó por la
frente, las mejillas, la nariz, la barbilla…
-¡Escuece eh, escuece! ¡Así aprenderás a
respetarnos! Si queremos tu teléfono nuevo, tu lo aceptas y nos lo das…
-gritaba Tor mientras Will seguía restregando la planta contra la cara del
pobre adolescente. Edward gritaba, y mucho, no podía parar de llorar y tenía la
necesidad de rascarse desesperadamente, a pesar de saber que no solucionaría
aquel dolor tan agudo.
“Como sufre, como grita, como llora… Así sabrá lo
que es bueno. Voy a dejarle ya, pero aún queda lo mejor…”
-¡Soltadle! –gritó Will mientras sus dos compañeros
dejaban en el suelo a Edward, que comenzó a rascarse desesperadamente,
aumentando aún más su dolor cutáneo. –Tranquilo, Edward, no somos tan malos.
¿Sabes qué alivia esa reacción? Creo que sí, como he dicho, eres un chico
inteligente. –los tres chavales se bajaron la bragueta del pantalón y
comenzaron a orinar en la cara del pobre muchacho, que seguía humillado en el
suelo, fruto del dolor y la vergüenza de sentir lo que unos compañeros de clase
le estaban haciendo.
-¡Se me ha acabado! –dijo Wender entre carcajadas.
-Creo que ya tiene suficiente. Aunque ya no quiero
el teléfono, estará empapado… -contestó Will sumándose a las carcajadas. Los
tres muchachos se echaron en el sofá y comenzaron a ver la televisión, dejando
a Edward en el suelo tirado, lleno de orina y con una reacción cutánea
peligrosa en la cara. El muchacho se levantó como pudo, abrió la puerta de “El
Hueco”, y se fue por donde había venido.
“Se ha ido calentito, así aprenderá a no meterse con
quién no se tiene que meter. ¡Le hemos meado en la cara!, qué bueno… Y lo mejor
de todo es que no se atreve a decir nada. Maldito renacuajo, que asco me da el
chaval, a ver si algún día de estos alguien le hace un favor y lo atropella en
un paso de peatones.”

Es genial, muy bien relatado, me he sentido el personaje...me ha hecho sentir compasión y rabia. Felicidades por el relato.
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