1 de març 2015

El poder de la autosugestion (II)

Se repitió al día siguiente su forma de actuación en la sala de espera, llamó sin previo aviso y entró.

-Pase por favor -dijo Jones ansioso. 

-¿Dispuesto? -preguntó James.

-Sí, prosiga -dijo Jones más ansioso todavía. 

-Bien, -continuó James- entonces empezó lo verdaderamente espantoso, al día siguiente de llegar a casa, rondaban las 12 del mediodía quise ir al cuarto de baño. Estaba en el piso de arriba, subiendo las escaleras internas y atravesando el largo pasillo de la planta superior,  a su derecha tenía todas las puertas de las habitaciones.

Cuando llegué al principio del pasillo mi intención era cruzar corriendo, intuyendo que detrás de las puertas había algo fantasmagórico que intentaría atraparme. No me dio tiempo a correr. Al final del pasillo se vio con claridad la figura de una persona, extremadamente alta, de facciones alargadas, de amplio y frondoso bigote que me llamaba para que acudiera. Quedé paralizado, me oriné encima. La ansiedad no me dejaba respirar, en ese infinito periodo de tiempo, pronunció dos palabras que fueron como una sentencia, “están aquí”. Por fin llegó un aliento de aire a mi pecho y conseguí soltar un desesperado y desgarrador grito.

Mi familia corrió pero al llegar no había nada, nadie. Igual que hay un ángel anunciador, él era el espíritu anunciador.

A partir de ese día, por las noches, infinitas sombras atraviesan mi habitación como coches la autopista y una permanente respiración se colocó entre mi armario y la mesita de noche que todavía no ha desaparecido.

Muchas veces, ataviado con más miedo que valor, aparto la mesita para ver de dónde proviene tal efecto. Pero, nada, no hay nada, la más absoluta nada.

En ocasiones en el reflejo de mí en el espejo aparecen imágenes, y, detrás, al girarme, sólo existe el vacío. Las pesadillas son permanentes, se suceden noche tras noche. El miedo a dormir y a que vuelvan no me deja conciliar el sueño mientras las sombras pasan y pasan. Esa interminable respiración me paraliza. No puedo dormir con la luz encendida y prefiero la más absoluta oscuridad, donde la falta de luz no me permita ver nada de lo que allí sucede, así, días y días, años.

-Pero… ¿Usted cree que las imágenes, las sombras son reales? ¿Qué cree que son? ¿De dónde vienen? ¿Qué quieren? -dijo Jones angustiado. 

-Son espantosamente reales, pero, para saber qué son y qué quieren debería entrar nuevamente en el mundo en el que no debí entrar en mi infancia, no quiero, no puedo por favor. Por hoy es suficiente -sentenció James. 

-Bien, hasta mañana pues -dijo Jones.

Esa noche no deje de pensar, ¿Cómo podía ayudar? Estaba claro la autosugestión de lo que sufrió en su infancia podía haber desencadenado todo aquello pero, había sobrepasado el límite de la psicología para adentrarse en un problema psiquiátrico, ver y creer que existe todo aquello no podía repararse solo con un cambio de sugestión. Seguramente su cerebro estaba dañado. Era evidente que necesitaba más el apoyo de un psiquiatra que de un psicólogo.

Ya había derivado a varios de mis pacientes al doctor Hill, un eminente psiquiatra amigo de la infancia, confiaba en él, decidí que derivarlo a su consulta era lo que mi conciencia debía hacer, aunque la curiosidad por el caso llamaba potentemente mi atención.

Al día siguiente, cuando las manecillas del reloj de pared marcaban inexorablemente las 12 en punto, estaba nuevamente sentado en el hall de mi consulta. Entonces, le llamé con un gesto y le hice pasar antes de que él lo hiciera.

-Señor James, he estudiado el caso, creo, que le podrá ayudar más en su problema mi colega, el doctor Hill, es un gran psiquiatra. Le pondré en antecedentes y remitiré su historial para que se vaya poniendo al día de su caso antes de que usted acuda a su consulta -explicó James.

Buscó en el cajón, cogió la tarjeta del Dr. Hill y se la ofreció.

-Tenga, llame esta tarde y pida hora para su consulta.

James no se movió, no parpadeo solo fijó su mirada en Jones, esa mirada antaño perdida, se tornó en una mirada fija. Sus ojos apenas si cabían en las cuencas, el amarillento de sus ojos desapareció para tornarse rojo ensangrentado, casi diabólico. Sus ojos penetraron como agujas en su mente y su cara, su cara antaño totalmente triste, dibujaba una desencajada sonrisa maquiavélica. Una sonora carcajada inundó los oídos del doctor Jones.

Con una voz que ya no se correspondía a la débil voz con la que siempre había hablado con Jones, una voz que era un sonoro susurro.

-Veo que no lo has entendido. Como te dije, vine aquí para que te llevaras mi miedo, no para que lo trataras, ahora, el miedo es tuyo, las sombras son tuyas, te pertenecen, estarán contigo -dijo James sonriente.

Se levantó y se fue llevándose consigo una gran carcajada.

Cuando pronunció esas palabras se me hizo evidente, mi diagnostico era correcto, se trataba de un caso puramente psiquiátrico.

Por la noche cuando llegó la oscuridad, pude entender lo que me había dicho, no se trataba de una pesada broma fruto de su enferma imaginación, sino de una pesada sentencia. Experimente todo, absolutamente todo lo que me había descrito en la consulta, las sombras, las pesadillas, las insoportables respiraciones, los reflejos inexistentes en el espejo, absolutamente todo.

Los siguientes días, fue a peor, cada vez eran más los extraños espejismos que me paralizaban impidiéndome dormir noche tras noche.

Pero, ¿cómo un psicólogo como yo se había dejado sugestionar tanto por algo así? Debía terminar con aquello de una vez, no era posible tanto terror.

Sentado en mi despacho, cuando había pasado una semana desde la última aparición de James, me atemorizaba creer que cada noche todo se repetiría una y otra vez, pensé que debía enfrentarme a él para conseguir apartar de mi todo lo que me estaba atemorizando la última semana. Siempre dije que la única forma de vencer a tus miedos es enfrentarte a ellos y ahora James era mi peor pesadilla. 

Me levanté del despacho y me dirigí a María.

-María, por favor, ¿me podría conseguir la ficha y la dirección del Sr. James? Es el paciente que ha estado acudiendo a la consulta hace dos semanas, tenía hora a las 12. Necesito hablar con él -dijo Jones

-Pero Dr. Jones, a esa hora jamás ha habido nadie, siempre ha estado la consulta vacía, usted mismo hace ya  más de un mes dijo que no ocupara esa hora, la quería para usted -dijo Maria extrañada. 

Me quede totalmente petrificado, inmóvil.

-¿Esta usted bien doctor? Últimamente le veo muy desmejorado, su cara cada vez está más pálida y sus ojos parecen incluso amoratados -dijo Maria.

Fingí que todo había sido un malentendido y caminé hacia mi despacho cuando María me llamó nuevamente la atención.

-Doctor, por cierto, esta mañana me llamo el doctor Hill, está bastante preocupado dice que hace varias semanas que no acude a su consulta, le pide, por favor, que no olvide su visita de mañana -afirmó rotundamente la recepcionista. 

Un sudor frio recorrió desde mis pies atravesando mi espalda hasta mi cabeza, una pesada losa caía sobre ella, creí que me iba a desmayar, que perdería el conocimiento si no iba a refrescarme inmediatamente.

Corrí por desesperado por el pasillo ansioso por llegar al lavabo, al llegar, abrí el grifo e introduje la cabeza en el lavamanos, dejé que el agua la regara, el agua había llegado ya a mitad de mi espalda y la  tenía encharcada pero pese al frío permanecí bañando mi cabeza varios minutos hasta que recobré la fuerza para levantarme.

Me incorporé muy lentamente con el pelo completamente encharcado por el agua, con los ojos cerrados, con toda la lentitud posible los abrí, y el espejo que había frente mí me devolvió la imagen que nunca hubiera querido ver.


 “LA IMAGEN DE JAMES”.

Texto de Jaime Juan Gil

27 de febr. 2015

El poder de la autosugestión

Me llamo Jones, soy psicólogo.

Mi oficio permite adentrarse, tratar de conocer, comprender las fobias, filias y miedos de mis pacientes, lo más importante tratarlas o mitigarlas. Hace dos semanas, en la sala de espera de la consulta, descubrí un nuevo paciente. Eran las 12 en punto y aunque no había nadie más en la consulta, me llamó especialmente la atención por su forma cabizbaja de sentarse, su delgadez extrema, sus ojos hundidos en una aureola lila que  resaltaban si cabe más el pálido color amarillento de su cara, de su mirada, completamente perdida, extraviada y terriblemente profunda.

A los pocos minutos llamó a la puerta y pasó, curiosamente sin que María, mi recepcionista, me avisara de ello.

-Pase por favor y siéntese. –dijo Jones.

De forma tranquila, cabizbajo, con la mirada perdida atravesó la parte de la sala que llega hasta la cómoda butaca que acoge a los pacientes, recorrió con la mirada minuciosamente los cuadros y aderezos de la estancia, hasta llegar a la butaca donde, agarrándose fuertemente con ambas manos a los laterales, se sentó no sin cierta dificultad.

-Bien, dígame que le trae a mi consulta, señor… -Dijo Jones

Nuevamente muy, muy pausadamente inclinando su débil cuerpo hacia adelante y alargando la mano estrechó la mía sin excesivo ímpetu y pronunció su nombre.

-Mi nombre es James y estoy aquí para que calme mi miedo, para que se lo lleve.

-Explíquese,  miedo ¿a qué? ¿de qué?, dígame, ¿cómo empezó todo? –Exclamó el doctor.

-¿Cómo explicar lo inexplicable? –dijo James- ¿Cómo justificar nuestros miedos? ¿Cómo atenuarlos?

No sé muy bien cómo empezó todo, o quizá sí. Quizá influyó haber nacido en una casa vieja, muy vieja, donde las grandes y bajas vigas de madera ensombrecían la tenue luz de la pequeña bombilla que pendía de un hilo en cada estancia.

De pequeños ventanucos que apenas dejaban pasar un poco de luz que se perdía en los largos y angostos pasillos. Flanqueados de anchas y deformes paredes cuyo único aderezo eran las manos y manos de cal que lo llevaban al desconche, formando extrañas figuras que se transformaban en sombras en la caprichosa imaginación de un niño.

Quizá todo tenga su origen en la fatalidad de una familia a la que le llegaron demasiadas enfermedades, a la ténebre y afilada muerte cuyos devastadores efectos llegan demasiado pronto a mi vida.

Ese momento, lo vivía entre sollozos de tristeza, pero sin miedo, aunque, todavía retumba en mi memoria las hirientes voces, los extravagantes llantos, los espeluznantes suspiros en los largos velatorios, donde orondas ancianas de prominentes arrugas y largo, muy  largo, tanto como ancho vestido negro manifestaban  su desolada pérdida en un ambiente de extrema penumbra, aderezada por la pálida luz de una vela que apenas alumbraba a un rígido y desfigurado cuerpo ya sin vida.

¿Cómo litigar contra la enfermedad, la pobreza y la muerte? ¿Cuántas y en qué formas debe presentarse el infortunio en la vida para empezar a litigar contra la superstición?

Cuando todo son sombras doctor, se escogen extraños métodos de salvación, se elige algún culpable intangible, algún... ¿inexistente? enemigo, algo a que aferrarse en un medio de desesperación. Entonces, aparecen extraños aliados con diferentes y disparatadas teorías, con maquiavélicas formas de eliminar tales infortunios.

Un profundo y largo muy largo silencio se adueñó de toda la sala que no pude por menos que romper.

-Cuénteme pues. ¿A qué extraños aliados, a qué teorías se refiere? –preguntó el doctor.

-Por hoy es suficiente. –sentenció James cansado.

-Pero, pero… Todavía el tiempo no ha hecho más que empezar. –contestó Jones extrañado.

Sin mediar más palabra se levantó y se fue.

Al día siguiente, a la misma hora, de nuevo me crucé con él, sentado en la vacía sala de espera, pero su mirada, no era igual, no estaba perdida, se clavó fijamente en mis ojos siguiendo mis pasos hasta que entré en la consulta.

Sentado detrás de mi mesa, y después de golpear levemente la puerta, le di permiso para entrar y sentarse.

-Y bien Sr. James, -dijo Jones- ¿Está preparado para seguir donde lo dejamos?

-¿Está usted preparado para seguir escuchando? –contestó James misterioso.

No contesté.

-Recuerdo, -prosiguió James- los primeros santones. Entraban cargados de su aureola mística, revolviendo la intimidad de mi casa. Decían que existían ciertas “fuerzas” que eliminar. Apenas contaba con 10 años.

Llegaron con una extraña caja, donde al abrir unos portones, tras de unos cristales ya ennegrecidos por el tiempo aparecía la imagen de una virgen. La dejaron en el portal, al umbral de la puerta de entrada, apagaron todas las luces y la iluminaron con una vela en los pies.

Dos ancianas encendían en la penumbra de la vela ramas de tomillo que generaban una semiapagada antorcha de, entre llamas y chispas, que generaba un asfixiante humo, mientras proferían rezos extraños que no acertaba a comprender.

Pasearon por toda la estancia, especialmente detrás de todas las puertas, ese manto de fuego y humo. Colocaron bajo los colchones tijeras abiertas, pusieron alrededor de nuestros cuellos unos collares con sáculos que contenían cabezas secas de serpiente. Luego, nos colocaban a todos alrededor de la imagen y rezábamos, nos hacían rezar durante horas. La dantesca imagen se sucedió durante más de un mes sin los resultados que debían esperar.      

Según su teoría, no era suficiente con esos actos y nos emplazaron a que fuéramos a ver al Padre Román, ya que lo que se habían encontrado allí se escapaba de sus conocimientos.

En dos días emprendimos un viaje con los siniestros personajes, en un cochambroso vehículo con un molesto olor a rancio, la carretera llena de curvas acrecentaba mi malestar produciéndome unos insoportables vómitos. El coche se detuvo al principio de un camino de piedras escoltado por un frondoso bosque que no permitía ver más allá de dos o tres metros.

Caminamos un camino que se me antojó eterno hasta llegar a una tétrica cabaña. Pregunté, ¿por qué debo ir yo?, la tajante contestación fue: es necesario.

Al cruzar el umbral de la puerta, se adivinaba la figura de un personaje cuyo rostro no pude apreciar, pues detrás de él había una cegadora luz que nos enfocaba impidiendo ver su rostro, haciéndolo más intrigante si cabe.

Las paredes de la cabaña estaban guarnecidas con toda serie de santos con la cara martirizada por sufrimiento infringido a la hora de su muerte que hacían la estancia aterrorizante. Cuando pasamos, aquel individuo profirió una serie de alaridos y convulsiones gritando: “Está ahí, está ahí… Fuera, fuera…” Esos gritos se agarraron en mi mente como un clavo a una madera, punzándola fuertemente.

No recuerdo más, perdí el conocimiento caí desmayado al instante, dos días después desperté en un hospital.

Nuevamente, se hace el silencio.

-Prosiga. –dijo el doctor, a lo que contestó:

-Por hoy es suficiente.

Y de la misma forma, se volvió a marchar.


La curiosidad empezaba a inquietarme, todavía no sabía aunque intuía de dónde podían llegar esos miedos, estaba ansioso por que prosiguiera con su relato, era un reto poder ayudar a tan atormentada persona.

CONTINUARÁ...


Texto de Jaime Juan Gil

23 de febr. 2015

Tres son multidud

Él ha sido y será el amor de mi vida. Digo ‘ha sido’ porque lo nuestro acabó y digo ‘será’ porque seguirá siendo el amor de mi vida. Él quiso que otra le diera lo que yo no supe darle, quiso que otra le abrazara, le mimara y le intentara cuidar. Se fue y no volverá. Se fue y no querrá saber nada más de mí. Todavía intento averiguar qué tendrá ella que no tenga yo. ¿Será más guapa? ¿Más lista? ¿Más alta?

Dibujo de Pedro Cabamas Moreno
Instagram: @pedrocm93
Será que yo no fui lo suficiente. Me mintió cuando me dijo que lo era todo, me mintió cada vez que dijo que me quería, me mintió hasta en las miradas. Le abrí mi corazón, pero él entró y le arrancó hasta las entrañas, sin ningún tipo de piedad. En cambio, su corazón no latía por mí, se limitaba a bombear sangre por todo su cuerpo.

Él me ha hecho pequeña. Él me ha hecho vulnerable. Él ha dejado un vacío en mi vida. Él me ha roto el corazón.

Pero ya está bien de lamentarme, ya está bien de echarme las culpas. Basta de creer tanto en él y tan poco en mí. Fui sincera, di todo y más pero no supe hacerlo mejor. Le he regalado mis mejores sonrisas y mis mejores días. Pensé que lo era todo pero no fui nada. Su corazón de hielo no supo valorarme. Sus mentiras se van con otra.   

20 de febr. 2015

Revolució permanent

(I)
Revolució permanent

Som riu que desemboca a la mar,
som tempesta després de la calma,
som pluja, som remor, som onada.

Som la gota que vessa l’estany,
som la rosada del matí següent,
som la marea que només puja enguany.

Som neu que cau i no es fon,
som gebre que queda a les fulles,
som el gel que no es trenca ni es despulla.

Som les llàgrimes que ja no cauen,
tant sols aigua rebel,
marea lila, revolta infinita,
(r)evolució permanent.


(II)
Llibertat

I alçà el front.
I mirà endavant.
I aixecà el puny.

I recità alguns versos,
que parlaven de llibertat.


(III)
Turmenta

Esdevé petit l’univers,
quan junts, aixequem els nostres punys
i cantem a cor un vers.

Que sembla el futur advers,
mes si no esdevenim turmenta,
que inundi la misèria i tot allò que la sustenta,
ens tancaran els punys, ens silenciaran el vers.


(IV)
Roig i a l’esquerra
[Yo no tengo la culpa de haber nacido
con la sangre roja y el corazón a la izquierda]
Ché Guevara
Roig com el infern
i l’ànima que arrossega el diable.

Roig com el sol
en una tarda d’octubre.

Roig com la flama
que s’estén pel teu cos.

Roig com la sang
que corre per tes venes.

Roig com el teu cor.
I a l’esquerra, que no és poc.


(V)
Resistència

Visc en una bombolla plena de ràbia,
amb el puny alçat,
i una ala fora de la gàbia.

Visc en la teva resistència,
en la seva protesta,
i en la nostra infinita insistència.

Visc amb les cadenes i la mordassa,
amb l’esperit viu
i el crit i la veu alçada.

Jura’m que no et rendeixes,
jura’m que no ens oblides.
Que amb l’oblit, l’enemic guanya,
que amb l’oblit el capitalisme triomfa.


(VI)
Harmonia

Es palpa l’harmonia;
és tàctil, és calma, és simfonia.

Es palpa l’harmonia,
i ni tan sols és desitjable;
és només pura agonia.

Es palpa l’harmonia
i sembla que faci mal,
que sigui abismal,
que alimenti l’hegemonia.

I aquesta harmonia,
és l’absència de lluita,
la manca de rebel·lia;
és només la mort
de la sobirania.


(VII)
Mar, misèria i companyia

I la mar, misèria i companyia
ens ofeguen amb el  continu
bassal de sang.

I ens fan perdre el nord, el sud
i la brúixola sencera,
i ens fan creure que no recuperarem la llibertat.

I ja és la gota que fa vessar el got,
l’última resquícia de pau,
ja no parlem el mateix argot.

Que la barbàrie té els dies comptats,
que  la guerra serà la pau del futur,
que no ens quedarem callats ni ofegats.
"Art-and-feminism" de Theredproject





Texto de Paola García Cantalejo

Facebook: Paola García

16 de febr. 2015

El trueno de media noche


Temo el poderoso trueno de media noche, una advertencia lejana de que lo peor está por llegar. Cuento las gotas que repiquetean en la ventana como puñales en la piel, son segundos, segundos que suceden uno tras otro sin ver su rostro. Cuento el tiempo ralentizado que hace que no beso sus dulces labios, y aquel que aún falta para volver a acariciar su suave pecho. Me siento solo tumbado bajo unas sábanas que no calientan, el agua ya no sacia mi sed, y la comida no me sabe a nada. Falta algo… El tiempo cala mis huesos como el frío glacial de la montaña a principios de año, un infierno pálido invade mi alma dejando tras de mí un rastro inconfundible de miedo y sombra.


Dibujo de Pedro Cabañas Moreno / Instagram: @pedrocm93




Los días suceden sin argumento, las lunas ya no llaman a las estrellas, mis bocanadas de aire son cada vez más cortas y angustiosas. No vivo sin ese aliento rosado que tiñe mis labios, no veo más atardeceres anaranjados por el retrovisor mientras su acogedora mano acaricia mi pelo, necesito despertar con un calor distinto al de la ropa. Esos amaneceres no tienen precio, pues compra mi bienestar a base de abrazos envolventes que me dejan sentir su piel suave y apacible, unos besos que erizan la piel convirtiendo mi cuerpo en un éxtasis continuo. Recomiendo el amor hasta al peor de mis enemigos. Es esa luz que viene después de cada tormenta, un sol cálido que anima a los pájaros a cantar y hace que olvides la oscura noche de lluvia que no te deja soñar.

Voy al volante de mi vida a gran velocidad, pero necesito que ella sea mi copiloto, necesito tener la luz necesaria para poder seguir mi camino durante las largas noches, necesito que me mantenga despierto con esa energía que solo ella puede transmitir, necesito escuchar el sonido de su voz para poder seguir adelante. De lo contrario, acabaré estrellado en una cuneta, acercándome poco a poco a aquella luz a la que se supone que nunca te debes acercar, y combatiendo contra el mundo para poder robar un poco de oxígeno y prolongar mi agonía unos segundos más.

Necesito de ella para vivir, una preocupación constante en las largas noches de insomnio, donde todo parece venirse abajo porqué ella no está a salvo, no está a cubierto bajo el manto de las estrellas por lo que ni yo mismo puedo garantizar su seguridad. Si se me fuera… En un charco de lágrimas rojas me desharía cual helado bajo el sol, esperando el día en qué aquel que decidió otorgarnos la vida, sea Dios, sea la naturaleza o vete a saber quién, me diera una explicación de por qué no llegamos con los corazones unidos si, tarde o temprano, todos tenemos nuestra otra mitad de corazón desperdigada por el mundo.

Me he criado en la calle y soy hombre de pocos caprichos, pero considero necesario notar sus manos sobre mi carne, besar sus labios con delicadeza y halagarla cual diosa griega de la belleza. No obstante no me puedo permitir el lujo de tocar, pues tal maravilla necesita estar bien conservada, así pues la devoro con la mirada. Observo su figura intacta bañada por la luz dorada que esquiva las sombras, observo sus preciosos ojos con precaución, pues una vez me haya adentrado del todo en ellos, me veré perdido en un laberinto tan profundo del cual dudo que pueda o quiera salir. Escucho con atención el latido de su corazón en el pecho y, os puedo asegurar, que no hay sonido más hermoso.

Cada noche al acostarme relato estas breves y humildes palabras en mi mente, sueño y pienso en estos relatos absurdos que carecen de validez frente a todo aquel que me conoce, pues son los actos y no las palabras los que originan el mundo real en el que vivimos. No obstante sé que a ella le complace leer mis pensamientos y no puedo plasmar de mejor manera aquello que pienso que en forma de palabras escritas, pues es un modesto don con el que he venido. Voy a confesar, además, que no es lo único en lo que pienso cada noche.

Llego siempre a la misma conclusión, y es que no habrá días suficientes en la vida para responder a cómo después de todo lo que he hecho y vivido la vida me recompensa con un regalo como ella, no soy apto para recibir tal aprecio, no merezco esto y quizás ella merezca algo más. Pero ya que la vida me lo ha regalado, que se jodan los demás porqué pienso hacer que no se arrepienta de haber juntado su enorme y hermoso corazón con éste tan impaciente y temerario.