Se repitió al día
siguiente su forma de actuación en la sala de espera, llamó sin previo aviso y
entró.
-Pase
por favor -dijo Jones ansioso.
-¿Dispuesto? -preguntó James.
-Sí, prosiga -dijo Jones más ansioso todavía.
-Bien, -continuó James- entonces
empezó lo verdaderamente espantoso, al día siguiente de llegar a casa, rondaban
las 12 del mediodía quise ir al cuarto de baño. Estaba en el piso de arriba,
subiendo las escaleras internas y atravesando el largo pasillo de la planta
superior, a su derecha tenía todas las
puertas de las habitaciones.
Cuando llegué al
principio del pasillo mi intención era cruzar corriendo, intuyendo que detrás de las puertas había algo
fantasmagórico que intentaría atraparme. No me dio tiempo a correr. Al final
del pasillo se vio con claridad la figura de una persona, extremadamente alta,
de facciones alargadas, de amplio y frondoso bigote que me llamaba para que
acudiera. Quedé paralizado, me oriné encima. La ansiedad no me dejaba respirar,
en ese infinito periodo de tiempo, pronunció dos palabras que fueron como una
sentencia, “están aquí”. Por fin llegó un aliento de aire a mi pecho y conseguí
soltar un desesperado y desgarrador grito.
Mi familia corrió pero
al llegar no había nada, nadie. Igual que hay un ángel anunciador, él era el
espíritu anunciador.
A partir de ese día,
por las noches, infinitas sombras atraviesan mi habitación como coches la
autopista y una permanente respiración se colocó entre mi armario y la mesita
de noche que todavía no ha desaparecido.
Muchas veces, ataviado
con más miedo que valor, aparto la mesita para ver de dónde proviene tal efecto.
Pero, nada, no hay nada, la más absoluta nada.
En ocasiones en el
reflejo de mí en el espejo aparecen imágenes, y, detrás, al girarme, sólo
existe el vacío. Las pesadillas son permanentes, se suceden noche tras noche. El
miedo a dormir y a que vuelvan no me deja conciliar el sueño mientras las
sombras pasan y pasan. Esa interminable respiración me paraliza. No puedo
dormir con la luz encendida y prefiero la más absoluta oscuridad, donde la falta
de luz no me permita ver nada de lo que allí sucede, así, días y días, años.
-Pero… ¿Usted cree que las imágenes, las sombras son reales? ¿Qué cree que son? ¿De dónde
vienen? ¿Qué quieren? -dijo Jones angustiado.
-Son espantosamente
reales, pero, para saber qué son y qué quieren debería entrar nuevamente en el
mundo en el que no debí entrar en mi infancia, no quiero, no puedo por favor. Por
hoy es suficiente -sentenció James.
-Bien, hasta
mañana pues -dijo Jones.
Esa noche no deje de
pensar, ¿Cómo podía ayudar? Estaba claro la autosugestión de lo que sufrió en
su infancia podía haber desencadenado todo aquello pero, había sobrepasado el
límite de la psicología para adentrarse en un problema psiquiátrico, ver y
creer que existe todo aquello no podía repararse solo con un cambio de
sugestión. Seguramente su cerebro estaba dañado. Era evidente que necesitaba más
el apoyo de un psiquiatra que de un psicólogo.
Ya había derivado a
varios de mis pacientes al doctor Hill, un eminente psiquiatra amigo de la infancia,
confiaba en él, decidí que derivarlo a su consulta era lo que mi conciencia
debía hacer, aunque la curiosidad por el caso llamaba potentemente mi atención.
Al día siguiente,
cuando las manecillas del reloj de pared marcaban inexorablemente las 12 en
punto, estaba nuevamente sentado en el hall de mi consulta. Entonces, le llamé
con un gesto y le hice pasar antes de que él lo hiciera.
-Señor James, he
estudiado el caso, creo, que le podrá ayudar más en su problema mi colega, el
doctor Hill, es un gran psiquiatra. Le pondré en antecedentes y remitiré su
historial para que se vaya poniendo al día de su caso antes de que usted acuda a
su consulta -explicó James.
Buscó en el cajón, cogió
la tarjeta del Dr. Hill y se la ofreció.
-Tenga, llame esta
tarde y pida hora para su consulta.
James no se movió, no
parpadeo solo fijó su mirada en Jones, esa mirada antaño perdida, se tornó en
una mirada fija. Sus ojos apenas si cabían en las cuencas, el amarillento de
sus ojos desapareció para tornarse rojo ensangrentado, casi diabólico. Sus ojos
penetraron como agujas en su mente y su cara, su cara antaño totalmente triste,
dibujaba una desencajada sonrisa maquiavélica. Una sonora carcajada inundó los
oídos del doctor Jones.
Con una voz que ya no
se correspondía a la débil voz con la que siempre había hablado con Jones, una
voz que era un sonoro susurro.
-Veo que no lo
has entendido. Como te dije, vine aquí para que te llevaras mi miedo, no para
que lo trataras, ahora, el miedo es tuyo, las sombras son tuyas, te pertenecen,
estarán contigo -dijo James sonriente.
Se levantó y se fue
llevándose consigo una gran carcajada.
Cuando pronunció esas
palabras se me hizo evidente, mi diagnostico era correcto, se trataba de un
caso puramente psiquiátrico.
Por la noche cuando
llegó la oscuridad, pude entender lo que me había dicho, no se trataba de una
pesada broma fruto de su enferma imaginación, sino de una pesada sentencia. Experimente
todo, absolutamente todo lo que me había descrito en la consulta, las sombras,
las pesadillas, las insoportables respiraciones, los reflejos inexistentes en
el espejo, absolutamente todo.
Los siguientes días,
fue a peor, cada vez eran más los extraños espejismos que me paralizaban
impidiéndome dormir noche tras noche.
Pero, ¿cómo un
psicólogo como yo se había dejado sugestionar tanto por algo así? Debía
terminar con aquello de una vez, no era posible tanto terror.
Sentado en mi despacho,
cuando había pasado una semana desde la última
aparición de James, me atemorizaba creer que cada noche todo se repetiría una y
otra vez, pensé que debía enfrentarme a él para conseguir apartar de mi todo lo
que me estaba atemorizando la última semana. Siempre dije que la única forma de
vencer a tus miedos es enfrentarte a ellos y ahora James era mi peor
pesadilla.
Me levanté del despacho
y me dirigí a María.
-María, por favor, ¿me podría conseguir la ficha y la dirección del Sr. James? Es el paciente que
ha estado acudiendo a la consulta hace dos semanas, tenía hora a las 12. Necesito
hablar con él -dijo Jones
-Pero Dr. Jones,
a esa hora jamás ha habido nadie, siempre ha estado la consulta vacía, usted mismo hace ya más de un mes dijo que no ocupara esa hora, la quería para usted -dijo Maria extrañada.
Me quede totalmente
petrificado, inmóvil.
-¿Esta usted bien doctor? Últimamente le
veo muy desmejorado, su cara cada vez está más pálida y sus ojos parecen
incluso amoratados -dijo Maria.
Fingí que todo había
sido un malentendido y caminé hacia mi despacho cuando María me llamó
nuevamente la atención.
-Doctor, por
cierto, esta mañana me llamo el doctor Hill, está bastante preocupado dice que
hace varias semanas que no acude a su consulta, le pide, por favor, que no olvide su visita de mañana -afirmó rotundamente la recepcionista.
Un sudor frio recorrió desde
mis pies atravesando mi espalda hasta mi cabeza, una pesada losa caía sobre
ella, creí que me iba a desmayar, que perdería el conocimiento si no iba a
refrescarme inmediatamente.
Corrí por desesperado
por el pasillo ansioso por llegar al lavabo, al llegar, abrí el grifo e
introduje la cabeza en el lavamanos, dejé que el agua la regara, el agua había
llegado ya a mitad de mi espalda y la tenía encharcada pero pese al frío permanecí
bañando mi cabeza varios minutos hasta que recobré la fuerza para levantarme.
Me incorporé muy
lentamente con el pelo completamente encharcado por el agua, con los ojos
cerrados, con toda la lentitud posible los abrí, y el espejo que había frente
mí me devolvió la imagen que nunca hubiera querido ver.
“LA IMAGEN DE JAMES”.
Texto de Jaime Juan Gil
Buenísimo...me ha tenido enganchada... Vaya historia, me has dejado sin palabras... Felicidades
ResponEliminagracias, que guste me anima a seguir haciendo mis pinitos que ya tenia mas que olvidados.
ResponEliminaSaludos